sábado, 23 de agosto de 2025

Carl Schmitt, Podemos y la gran falacia intelectual de la izquierda fucsia


Hay un fenómeno curioso en la universidad española y en los círculos intelectuales de Podemos: la apropiación fetichista de Carl Schmitt, jurista alemán, católico reaccionario, enemigo declarado del liberalismo, que terminó afiliado al Partido Nacionalsocialista en los años 30.

Sí, han leído bien: la izquierda fucsia, progre,  antifascista de pancarta, toma como referente a un autor que nunca ocultó su desprecio hacia las democracias parlamentarias y que legitimó en su día al Tercer Reich.

Lo hacen, claro, con matices, ediciones críticas y filtros morales. Pero lo hacen. Y la operación es tan grotesca que merece ser desmontada.

En las aulas de politología ligadas a Podemos y a Sumar se repite una idea: Schmitt es útil porque fue un gran crítico del liberalismo. Y como la izquierda radical también lo es, ahí habría un punto de encuentro.

El problema es que esta lectura es de una superficialidad casi cómica. Schmitt no criticaba el liberalismo para defender la democracia radical ni el asamblearismo inclusivo; lo hacía porque aspiraba a un Estado fuerte, soberano, capaz de decidir sin concesiones, incluso en el límite de la excepción.

Asimilar a Schmitt con el progresismo woke es como querer apropiarse de Maquiavelo para escribir manuales de autoestima

Para Schmitt, la política era la decisión soberana. Para Podemos y su intelectualidad asociada, la política se reduce a moralizar, llorar por minorías, convertir la plaza pública en un diván colectivo.

Lo que Schmitt consideraba la esencia del poder —decidir— es exactamente lo que la izquierda fucsia rehúye bajo montañas de consensos, asambleas, protocolos y comisiones.

Citar a Schmitt para legitimar eso es como citar a Nietzsche en un taller de autoayuda espiritual: una parodia intelectual.

Pablo Iglesias, Monedero, Errejón y compañía se han paseado por seminarios y publicaciones citando a Schmitt como si fueran sus herederos. El detalle grotesco es obvio: antifascistas declarados, blanqueando a un miembro del NSDAP en nombre de la crítica al liberalismo.

La falacia es doble:

Primero, porque omiten todo lo que Schmitt realmente defendía: soberanía, decisión, jerarquía.

Segundo, porque convierten su pensamiento en un juguete posmoderno, amputado de contexto histórico y convertido en pose académica.

El resultado es una impostura: un progresismo sentimental travistiéndose de radicalidad dura con citas que jamás encajan en su mundo político.

Si Carl Schmitt levantara la cabeza y viera a sus actuales “fans” de la izquierda española, seguramente se volvería a morir. De risa, o de asco.

No habría encontrado en Iglesias o en Podemos a discípulos, sino a caricaturas: adolescentes ideológicos incapaces de asumir el nervio de la política real.

Más aún: por su defensa de la soberanía nacional, de la unidad política frente a la fragmentación, Schmitt estaría hoy más cerca de Orbán que del multiculturalismo blandengue de la izquierda fucsia.

La apropiación de Schmitt por parte de Podemos y su ecosistema académico no es más que eso: una falacia intelectual, un ejercicio de prestidigitación para parecer más radicales de lo que son.

En el fondo, esa izquierda nunca ha querido asumir la lógica de la política real. Prefiere el sentimentalismo. Prefiere la pose. Prefiere travestirse de radical mientras gobierna con tecnócratas de Bruselas o con separatistas locales.

El resultado es la caricatura: Schmitt convertido en icono pop de unas facultades que jamás soportarían lo que él realmente defendía.

Podemos ha querido usar a Schmitt para parecer más serios, más radicales, más intelectuales. Pero el intento es grotesco: idolatrar a un ex miembro del NSDAP mientras se visten de antifascistas.

Lo que consiguen no es una lectura crítica, sino un insulto a la inteligencia.

Y una prueba más de que la izquierda española vive de la impostura.




sábado, 2 de agosto de 2025

Crónica de una degradación: Chávez, Zapatero, Sánchez


Lo que comenzó como un delirio bolivariano en el Caribe se  ha esparcido en Europa bajo formas más refinadas, pero igual de letales: Zapatero, Sumar, Podemos, la izquierda separatista y finalmente el sanchismo. Hijos todos del mismo virus: la destrucción del Estado en nombre del Pueblo.

Porque esto no es política, es propaganda con uniforme. No es soberanía, es caos legitimado con eufemismos. No es gobierno, es ocupación ideológica.

La política verdadera se basa en la distinción entre orden y desorden, entre autoridad legítima y fuerza usurpadora. El chavismo, y sus derivaciones españolas, niegan esa distinción. Pretenden gobernar sin asumir la forma del Estado: sustituyen el Parlamento por la calle, el Derecho por decretos morales, la administración por redes clientelares.

Ya no hay soberano: hay voceros. Ya no hay Ley: hay relatos. Ya no hay instituciones: hay colectivos.

Esta izquierda degenerada no busca gobernar, sino representar una farsa permanente. Votan contra la Constitución mientras cobran de ella. Exigen memoria democrática para ocultar su presente criminal. Hablan de "derechos sociales" mientras destruyen la propiedad, la familia y la libertad.

¿Y quién decide? Nadie. Porque en este modelo no hay decisión, solo performance.

El pueblo como religion falsa

Han sustituido a Dios por el pueblo. A la trascendencia por la “justicia social”. Al altar por la pancarta. Este socialismo sentimental, ruidoso y narcisista no quiere cambiar estructuras: quiere consagrarse como credo. Chávez fue su profeta tropical, Zapatero su evangelista ibérico, Iglesias su obispo populista, Sánchez su sumo pontífice de la mentira.

Y como toda RELIGIÓN  FALSA, necesita mártires, herejes y liturgia. El hereje es quien cuestiona. El mártir es el que cobra sin trabajar. La liturgia es el telediario.

El chavismo y sus derivados no han traído justicia ni igualdad: han traído pobreza organizada. No hay utopía, hay subsidio. No hay libertad, hay dependencia. La revolución que prometía dignidad ha creado castas parasitarias, profesionales del agravio, militantes del “no se puede”.

Mientras los barrios se pudren, los burócratas se reproducen. Mientras la nación se fragmenta, las ONGs engordan. Mientras la deuda crece, ellos predican “solidaridad”.

Lo más grave no es lo que hacen, sino a quién se lo hacen: a España.

La izquierda separatista odia la unidad. El zapaterismo reventó la Transición. Sumar y Podemos promueven el mestizaje ideológico y la demolición moral. El sanchismo ha institucionalizado la traición. Todos, sin excepción, han convertido la política en un instrumento contra la nación.

Han regalado el Estado a sus enemigos. Han indultado a golpistas, financiado a chavistas, blanqueado a terroristas. Han sustituido el interés nacional por el chantaje parlamentario.

La política exige límites, formas y decisiones. Lo que hemos vivido desde Zapatero hasta Sánchez es la abolición de esos tres principios. Una regresión no solo institucional, sino espiritual.

No hay soberanía sin frontera moral.

No hay Estado sin verticalidad.

El chavismo —y su versión española— niega todo eso. Por eso no es política: es antipolítica, y debe ser combatida como tal


(Parte 2 y Fin)




La revolución subvencionada: de Chávez a Sánchez pasando por Zapatero

 


Hay formas de poder que no merecen ni el nombre de política. Lo que en sus inicios pudo parecer una revuelta plebeya, pronto degeneró en una parodia de Estado: ruido de pueblo, mitología barata y burocracia sin ley. El chavismo no construye poder: lo simula. Lo degrada. Lo disfraza de justicia para imponer el desorden.

A quien defienda aún que aquello es soberanía popular, habría que recordarle lo que la verdadera soberanía exige: decisión para preservar el orden, no para reventarlo desde dentro.

El recurso a la emergencia —esa suspensión de reglas que en un Estado serio sirve para proteger el cuerpo político— se convirtió en Venezuela en la herramienta de su propia destrucción.

Allí, los estados de excepción son permanentes, las leyes se reinterpretan según convenga al caudillo, y el orden jurídico no existe: sólo hay simulacro.

La excepción deja de ser decisión seria y se vuelve rutina del tirano. Ya no garantiza el orden, lo sustituye por miedo y obediencia.

El poder, cuando se vacía de forma, se llena de eslóganes. El chavismo reemplazó las instituciones por "poder popular", asambleas paralelas, milicias aficionadas y propaganda sentimental.

Allí donde debería haber una autoridad jurídica sólida, hay un eco sin forma de masas y griterío. El Estado pierde su majestad, se convierte en pulpa ideológica.

No hay forma política: hay agitación permanente. El "pueblo" no gobierna, pero lo usan para justificar el caos.

Cuando la trascendencia desaparece, la ideología se vuelve credo.

La revolución, redención.

El líder, profeta.

La consigna, oración.

Eso ha sido el chavismo: una fe barata para sustituir a Dios por Chávez, la Iglesia por el partido, la moral por la obediencia ciega al “proceso”.

Pero el alma política de una nación no puede sostenerse sobre liturgia de pancarta ni sobre los huesos de un militar embalsamado.

La autoridad —para ser tal— debe infundir respeto, gravedad, continuidad.

Pero allí, lo que hay es populismo de mercado, corrupción consagrada, lenguaje de taberna y redes clientelares que convierten al Estado en botín.

No hay representación: hay reparto.

No hay mando: hay espectáculo.

Y en vez de solemnidad institucional, hay vulgaridad con boina y cadena nacional.

Un verdadero orden político necesita raíces: tradición, familia, comunidad espiritual. El chavismo no sólo niega eso, lo combate activamente.

Expulsa a la Iglesia, dinamita la propiedad, reescribe la historia, desprecia la familia y promete un “hombre nuevo” sin Dios, sin pasado, sin vínculos.

Pero un pueblo sin historia es arcilla del poder. Y el chavismo la ha moldeado con la arrogancia de los ignorantes.

El chavismo no representa la política, sino su degradación total:

No gobierna, improvisa.

No representa, agita.

No decide, manipula.

No une, divide.

No edifica, destruye.

El orden político serio exige forma, respeto y trascendencia.

Lo otro —lo que hay en Venezuela— es apenas una parodia de poder, una mueca revolucionaria donde la política ha muerto y sólo queda propaganda con uniforme.


(Parte 1)

RTVE y la Ingeniería del Consenso

Jesús Cintora, Javier Ruiz, Adela González, Silvia Intxaurrondo, Marta Flich y Gonzalo Miró, principales rostros de TVE La televisión públic...