Hay un fenómeno curioso en la universidad española y en los círculos intelectuales de Podemos: la apropiación fetichista de Carl Schmitt, jurista alemán, católico reaccionario, enemigo declarado del liberalismo, que terminó afiliado al Partido Nacionalsocialista en los años 30.
Sí, han leído bien: la izquierda fucsia, progre, antifascista de pancarta, toma como referente a un autor que nunca ocultó su desprecio hacia las democracias parlamentarias y que legitimó en su día al Tercer Reich.
Lo hacen, claro, con matices, ediciones críticas y filtros morales. Pero lo hacen. Y la operación es tan grotesca que merece ser desmontada.
En las aulas de politología ligadas a Podemos y a Sumar se repite una idea: Schmitt es útil porque fue un gran crítico del liberalismo. Y como la izquierda radical también lo es, ahí habría un punto de encuentro.
El problema es que esta lectura es de una superficialidad casi cómica. Schmitt no criticaba el liberalismo para defender la democracia radical ni el asamblearismo inclusivo; lo hacía porque aspiraba a un Estado fuerte, soberano, capaz de decidir sin concesiones, incluso en el límite de la excepción.
Asimilar a Schmitt con el progresismo woke es como querer apropiarse de Maquiavelo para escribir manuales de autoestima
Para Schmitt, la política era la decisión soberana. Para Podemos y su intelectualidad asociada, la política se reduce a moralizar, llorar por minorías, convertir la plaza pública en un diván colectivo.
Lo que Schmitt consideraba la esencia del poder —decidir— es exactamente lo que la izquierda fucsia rehúye bajo montañas de consensos, asambleas, protocolos y comisiones.
Citar a Schmitt para legitimar eso es como citar a Nietzsche en un taller de autoayuda espiritual: una parodia intelectual.
Pablo Iglesias, Monedero, Errejón y compañía se han paseado por seminarios y publicaciones citando a Schmitt como si fueran sus herederos. El detalle grotesco es obvio: antifascistas declarados, blanqueando a un miembro del NSDAP en nombre de la crítica al liberalismo.
La falacia es doble:
Primero, porque omiten todo lo que Schmitt realmente defendía: soberanía, decisión, jerarquía.
Segundo, porque convierten su pensamiento en un juguete posmoderno, amputado de contexto histórico y convertido en pose académica.
El resultado es una impostura: un progresismo sentimental travistiéndose de radicalidad dura con citas que jamás encajan en su mundo político.
Si Carl Schmitt levantara la cabeza y viera a sus actuales “fans” de la izquierda española, seguramente se volvería a morir. De risa, o de asco.
No habría encontrado en Iglesias o en Podemos a discípulos, sino a caricaturas: adolescentes ideológicos incapaces de asumir el nervio de la política real.
Más aún: por su defensa de la soberanía nacional, de la unidad política frente a la fragmentación, Schmitt estaría hoy más cerca de Orbán que del multiculturalismo blandengue de la izquierda fucsia.
La apropiación de Schmitt por parte de Podemos y su ecosistema académico no es más que eso: una falacia intelectual, un ejercicio de prestidigitación para parecer más radicales de lo que son.
En el fondo, esa izquierda nunca ha querido asumir la lógica de la política real. Prefiere el sentimentalismo. Prefiere la pose. Prefiere travestirse de radical mientras gobierna con tecnócratas de Bruselas o con separatistas locales.
El resultado es la caricatura: Schmitt convertido en icono pop de unas facultades que jamás soportarían lo que él realmente defendía.
Podemos ha querido usar a Schmitt para parecer más serios, más radicales, más intelectuales. Pero el intento es grotesco: idolatrar a un ex miembro del NSDAP mientras se visten de antifascistas.
Lo que consiguen no es una lectura crítica, sino un insulto a la inteligencia.
Y una prueba más de que la izquierda española vive de la impostura.


