sábado, 24 de enero de 2026

RTVE y la Ingeniería del Consenso

Jesús Cintora, Javier Ruiz, Adela González, Silvia Intxaurrondo, Marta Flich y Gonzalo Miró, principales rostros de TVE

La televisión pública debería ser un santuario de neutralidad, un foro donde la pluralidad sea sagrada. Sin embargo, bajo el gobierno de Pedro Sánchez, RTVE se ha transformado en la piedra angular de una estrategia orwelliana: el control del relato mediante lo que podríamos denominar "fichajes ideológicos" y una producción costosísima destinada no a informar, sino a entretener y adoctrinar

En enero de 2026, el Consejo de Informativos de TVE –un órgano interno elegido por los trabajadores– publicó un informe demoledor de 144 páginas tras una investigación de meses. Fue motivado por más de un centenar de quejas de profesionales de los servicios informativos de la corporación. Sus conclusiones no dejan lugar a dudas:


· Sesgo sistemático: El informe concluye que es "habitual" que los temas y su tratamiento den "un contenido sesgado, en el que abundan los argumentos favorables al Gobierno o al PSOE". Al mismo tiempo, se tratan "de forma discreta o no se tratan aquellos temas que pueden poner en un aprieto al Ejecutivo".

· Confusión deliberada entre información y opinión: Se critica que en estos programas "la opinión está unida a la información", dificultando su diferenciación y violando un principio básico del periodismo en un medio público.

· Moderación parcial y lenguaje agresivo: Los presentadores, Javier Ruiz y Jesús Cintora, "adolecen de sesgo" y no actúan como moderadores neutrales. El informe señala que favorecen a los tertulianos afines, les conceden más tiempo y, en ocasiones, se unen a sus tesis "interrumpiendo de forma abrupta y grosera" a quienes opinan lo contrario. También se denuncia el uso de "lenguaje agresivo" y descalificaciones frecuentes por parte de algunos colaboradores.

 El informe destapa la ingeniería que permite este sesgo: la externalización de la información a productoras privadas. Estos programas son producidos por empresas externas como La Cometa, Big Bang Media y LaOsa Producciones. El Consejo de Informativos alerta de que "la responsabilidad editorial es opaca" y, lo que es más grave, que "las decisiones fundamentales las toma gente ajena a RTVE".

Este modelo crea un cortocircuito en la cadena de control público. Permite que la dirección de RTVE delegue la línea editorial en terceros, evadiendo así su responsabilidad y los mecanismos de supervisión interna. De hecho, el informe lamenta la "falta de respuestas de la Dirección" a sus preguntas durante la investigación.

Los casos de 'Mañaneros 360' y 'Malas Lenguas' no son anomalías, representan la institucionalización de la propaganda a través de un mecanismo sofisticado:

1. Se externaliza la producción a empresas privadas, creando un velo de opacidad sobre el control editorial.

2. Estas productoras elaboran contenidos con un sesgo político documentado y sistemático a favor del Gobierno.

3. Cuando los órganos de control interno denuncian estas prácticas, la dirección de RTVE y sus beneficiarios descargan contra los denunciantes, buscando desacreditar la crítica en lugar de enmendar los hechos.


Este episodio confirma que la batalla por RTVE no es solo por los fichajes estelares, sino por el alma misma del servicio público: la información veraz, el pluralismo y la rendición de cuentas. El silencio, o el ataque, frente a este informe interno es tan revelador como el sesgo que denuncia. Demuestra que, para quienes hoy controlan la corporación, la "relevancia cultural" y la sintonía con el poder prevalecen sobre el rigor periodístico y el interés general.

Más Allá de las Órdenes Directas: La Captura Mediática


Pedro Sánchez  e Ignacio Escolar, director de eldiario.es

La idea de que el poder político dicta temas específicos a medios específicos es difícil de probar y poco eficiente. Un marco más preciso es el de 'media capture' o captura mediática, analizado en España por el International Press Institute (IPI). En este modelo, la influencia no se ejerce mediante órdenes, sino a través de:

· Incentivos estructurales: Los medios (y sus dueños) internalizan los "límites rojos" para mantener acceso a fuentes, publicidad institucional o un marco regulatorio favorable.

· Alineamiento ideológico y de negocio: La afinidad política entre la propiedad del medio y el gobierno crea una coincidencia espontánea de intereses. Criticar al "propio campo" se percibe como contraproducente.

· Selección profesional: En un entorno polarizado, periodistas y editores anticipan qué temas "romperán el consenso" interno o alejarán a su audiencia base, y los evitan. Es una autocensura por cálculo profesional, no por una llamada telefónica.

Este sistema es más eficaz y negable. Como señala el informe del IPI, España debe implementar salvaguardas del Acta Europea de Libertad de los Medios (EMFA) para garantizar la independencia editorial y la transparencia de la propiedad.


⚖️ El Peso de las Estructuras: Propiedad, Regulación y Mercado

Varios factores institucionales y de mercado sostienen este ecosistema:

1. La Propiedad Extranjera y la Lógica Comercial

Los dueños últimos de Atresmedia y Mediaset son grupos italianos y fondos internacionales. Su objetivo primario es la rentabilidad y la estabilidad del mercado español. Un enfrentamiento frontal con el gobierno de turno, que controla la regulación del sector audiovisual, representa un riesgo empresarial innecesario. Su estrategia de "doble canal", es, ante todo, una táctica para capturar toda la audiencia y minimizar riesgos políticos.

2. La Presión Económica y la Competencia

Ambos grupos atraviesan una crisis estructural, perdiendo audiencia y ingresos publicitarios frente a TVE y las plataformas streaming. En esta situación de vulnerabilidad, la necesidad de asegurar ingresos (como la publicidad institucional o los derechos deportivos) puede inclinar la balanza hacia un mayor alineamiento con el poder. El director de Atresmedia Publicidad ya habla de la necesidad de "certezas" y un contexto que permita competir.

3. El Marco Regulatorio y la Transparencia

La futura Ley de Gobernanza Digital exigirá a los medios nacionales registrar y hacer públicos sus dueños reales y su financiación, especialmente la de origen público. Esta ley, que transpone normativa europea, podría en teoría hacer más visibles los conflictos de interés, aunque su efectividad está por verse.

Conclusión

Por tanto, atribuir el "fango mediático" únicamente a "órdenes de Moncloa" es quedarse en la superficie. La realidad es más turbia y arraigada:

No se necesita una orden cuando existe un ecosistema perfectamente engrasado por la captura mediática, los intereses comerciales de una propiedad desvinculada del interés nacional, la presión económica y una autocensura profesional internalizada.

El silencio sobre ciertos temas no es una anomalía, sino el funcionamiento esperado del sistema. El "feminismo editorial" se convierte así en una herramienta útil dentro de este juego: legítima cuando sirve para marcar puntos contra el adversario cultural o político de turno, e incómoda cuando obligaría a rascar donde duele, es decir, en las propias alianzas y estructuras de poder que sostienen el statu quo informativo. La pregunta final no es quién dio la orden, sino quién tiene interés –económico, político, de supervivencia– en que ciertos debates nunca lleguen al plató.



miércoles, 14 de enero de 2026

El duopolio mediático español: cuando la pluralidad es solo una escenografía



En España no existe censura formal. Nadie prohíbe libros, nadie clausura periódicos, nadie apaga micrófonos con una orden ministerial. Y sin embargo, basta encender la televisión para comprobar que la pluralidad informativa es, en gran medida, una ficción bien producida. No una mentira burda, sino algo más sofisticado: una escenografía de diversidad diseñada para que nada esencial se salga del marco.

El sistema es simple y extremadamente eficaz. Dos grandes grupos privados —Atresmedia y Mediaset— concentran la mayor parte de la audiencia televisiva generalista. No son medios marginales ni alternativos: son el centro del ecosistema. El lugar donde se decide qué temas existen, cuáles son anecdóticos y cuáles son directamente invisibles.

No se trata de que todos digan exactamente lo mismo. Ese sería un error demasiado evidente. El mecanismo real es más fino: permitir el conflicto, pero solo dentro de un perímetro ideológico seguro.

A primera vista, el espectador cree elegir. Cambia de canal, compara tertulias, se indigna con unos y se reafirma con otros. Pero esa elección es comparable a elegir asiento en un avión: puedes preferir ventana o pasillo, pero el destino ya está fijado.

Atresmedia ofrece una  derecha domesticada y una izquierda podemizada ambas perfectamente compatibles con el consenso económico y europeo. Mediaset, por su parte, opta por otra vía: la del entretenimiento degradado, la polémica personal, el conflicto emocional, la sexualización constante y el ruido. No pretende convencerte de nada: pretende agotarte.

Uno fabrica opinión “respetable”. El otro fabrica distracción. El resultado es el mismo: una sociedad que discute sin profundidad y consume sin comprender.

El error habitual es pensar que el problema es ideológico: “estos son de izquierdas”, “estos son de derechas”. Pero el verdadero núcleo no está ahí. El duopolio no obedece a una ideología concreta, sino a una estructura de poder económico y regulatorio.

Ambos grupos dependen de:

grandes anunciantes (banca, energía, telecomunicaciones),

concesiones administrativas del Estado,

marcos regulatorios europeos,

y un clima político estable que no cuestione los pilares del sistema.

Eso impone límites muy claros. Puedes criticar a un político concreto, pero no al modelo. Puedes escandalizarte por una corrupción puntual, pero no por la arquitectura que la hace inevitable. Puedes hablar de desigualdad, pero no de quién la produce ni por qué es estructural.

La disidencia real no se persigue: se filtra antes de nacer.

Hay temas que nunca generan un debate auténtico en prime time. No porque sean irrelevantes, sino porque son peligrosos para el equilibrio del sistema. La financiación de los medios, el papel de las grandes corporaciones, la dependencia exterior, la pérdida de soberanía económica, la degradación cultural como fenómeno inducido… Todo eso aparece, como mucho, fragmentado, descontextualizado o ridiculizado.

El consenso no se impone a gritos. Se instala por repetición. Por omisión. Por saturación de asuntos secundarios que ocupan el espacio mental que debería pertenecer a las preguntas fundamentales.

El ciudadano no es desinformado; está mal orientado.

Aquí Mediaset juega un rol clave. No es casual que la televisión más banal conviva con discursos supuestamente progresistas. La banalización no es neutral: debilita la capacidad crítica, convierte lo público en espectáculo y normaliza la humillación como forma de entretenimiento.

Cuando todo es risible, todo es efímero. Y cuando todo es efímero, nada merece ser defendido seriamente.

No se destruye una sociedad prohibiéndole pensar, sino enseñándole a no tomarse nada en serio, empezando por sí misma.

¿Quién manda realmente?

La pregunta incómoda no es quién presenta los programas ni qué tertuliano grita más fuerte. La pregunta real es: ¿a quién no pueden molestar estos medios?

Y la respuesta es clara: a quienes sostienen el sistema económico, publicitario y político del que dependen. El poder no necesita aparecer en pantalla. Le basta con establecer los límites de lo decible.

Por eso la disidencia auténtica no suele fracasar por falta de argumentos, sino por falta de altavoces. No porque sea refutada, sino porque es inexistente mediáticamente.

Quizá la consecuencia más grave de este modelo es que España deja de ser un sujeto político y cultural para convertirse en un mercado de atención. Un espacio a gestionar, no una comunidad a comprender. Un público al que segmentar, no un pueblo al que servir.

Cuando los grandes medios no se sienten vinculados a la suerte del país, sino a la estabilidad de sus balances, el resultado es una narrativa permanentemente desarraigada, incapaz de generar un proyecto común.

No hay traición explícita. Hay algo más frío: indiferencia estructural.

El mayor éxito del duopolio mediático español no es convencerte de algo concreto, sino hacerte creer que ya lo has visto todo, que no queda nada nuevo por decir, que toda crítica es exageración o nostalgia.

Pero la historia demuestra que los sistemas más sólidos no caen por el ataque frontal, sino por el desgaste interno: cuando la realidad deja de encajar con el relato.

Y ahí, lejos de los platós, empieza siempre lo verdaderamente peligroso.

viernes, 9 de enero de 2026

Europa, Campo de Batalla: La Fractura Interna de EE.UU. y la Ruina del Viejo Continente



Europa no se suicida; la asesinan. Pero el crimen no lo comete un homicida unitario y coherente, sino una facción en guerra civil cuyos disparos al aire y ataques fratricidas convierten al viejo continente en el campo de escombros de una batalla ajena. El "Leviatán Liberal" —aquel bloque de poder que fusionó el capitalismo global, el progresismo cultural y la hegemonía militar estadounidense— ya no existe. En su lugar, sus órganos vitales se enfrentan en una lucha a muerte por el control del futuro, y Europa, distraída y dividida, recibe el impacto de cada golpe.

Este es el análisis de cómo la guerra interna entre los dioses del Oeste está despedazando a Europa con una eficacia que ningún enemigo externo logró en siglos.


I. El Campo de Batalla Interno: Los Cuatro Jinetes del Caos


La disolución europea es acelerada por la guerra entre cuatro poderes emergidos del mismo vientre capitalista y tecnocrático:


1. El Martillo Populista (Trump y el "America First"): Su función es demoler la superestructura del viejo orden. Ataca el "globalismo", el "deep state" (la CIA, el FBI) y la corrección política con la crudeza de un bulldozer. Para Europa, esto no es una liberación, sino un terremoto geopolítico. Su desprecio por la OTAN, su transaccionalismo que premia a socios conflictivos (como el eje Marruecos-Israel) y su retórica anti-inmigración que exacerba las tensiones sociales europeas, dejan a Europa sin paraguas estratégico y con los problemas agravados. Trump no ofrece una alternativa; ofrece un vacío de poder que otros llenan.

2. El Barón Tecno-Feudal (Elon Musk y el Imperio X-Grok): Mientras Trump demuele, Musk construye. Pero no construye una esfera pública, sino infraestructuras privadas de dominio. X (antes Twitter) no es una plaza libre; es un campo de batalla algorítmico donde la guerra cultural se libra con engagement y virales. Grok, su IA, es un soldado más en esta batalla narrativa. Musk controla el código y el relato, haciendo de Europa un consumidor pasivo de una disputa digital angloamericana que redefine en tiempo real los límites de lo decible, siempre según los intereses y sesgos de su barón.

3. El Guardián del Templo (La CIA y el "Deep State"): Este es el núcleo del viejo Leviatán que resiste. Su mandato es la preservación de la hegemonía estadounidense a largo plazo, más allá de los presidentes de turno. Opera apoyando ONG, think tanks y medios que sustentan el orden liberal internacional. En Europa, financia y promueve la red de ONG de fronteras abiertas y activismo "woke" no por amor a la diversidad, sino porque una Europa débil, desmilitarizada y obsesionada con guerras culturales es una Europa que nunca desafiará la primacía de Washington. Es el arquitecto del caballo de Troya ideológico.

4. La Máquina del Espectáculo (El Capitalismo de Vince McMahon y Beyond): Este poder demuestra la lógica final: la conversión de todo principio en entretenimiento y producto. La lucha entre tradición y progreso, entre globalismo y soberanía, se empaqueta en WWE, en Netflix, en TikTok. Europa abandona la filosofía por el entertainment, la política por el drama. Su alma se vacía no por imposición, sino por consumo voluntario y adictivo de un conflicto pre-empaquetado en California.


II. Los Frentes Abiertos en Europa: El Continente como Daño Colateral


La guerra entre estos cuatro jinetes no se libra en suelo americano. Sus frentes secundarios, donde descargan su excedente de conflicto, son europeos:


· Frente de la Inmigración Masiva: El Guardían (CIA) y sus redes debilitan las fronteras europeas en nombre de los derechos humanos. El Martillo (Trump) luego señala a Europa y dice "mirad vuestro caos, sólo yo puedo arreglarlo", exportando un modelo de fortaleza que es inviable aquí. Europa, en medio, paga, sufre y se divide.

· Frente de la Guerra Cultural: El Barón (Musk) y el Guardían libran en X la batalla definitiva por el relato. ¿Es la "teoría crítica de la raza" una herramienta de justicia o de división? Europa no decide; importa el debate en inglés, lo traduce mal y lo aplica a sociedades con historias radicalmente distintas, generando un conflicto artificial que paraliza sus instituciones.

· Frente de la Seguridad y la Soberanía: El Martillo (Trump) alienta a Turquía, armaba a Marruecos con reconocimiento del Sáhara y estrecha la alianza con Israel, alterando deliberadamente el equilibrio del Mediterráneo para debilitar actores menos alineados. La Máquina del Espectáculo convierte esto en titulares y películas. Europa, dependiente de la OTAN (que Trump cuestiona) y de la energía (que el nuevo mapa altera), ve cómo su seguridad se negocia en Washington y Tel Aviv sin ser consultada.


III. El Resultado: Europa, un Escombro Ideológico


El efecto combinado no es la ocupación, sino algo peor: la disolución por irradiación de un conflicto ajeno. Europa queda como:


1. Un Mercado sin Poder: Compra la tecnología del Barón, consume el espectáculo de la Máquina, obedece las normas del Guardián y teme las bravatas del Martillo. No produce soberanía; la importa en forma de conflictos.

2. Una Civilización sin Confianza: Su narrativa —la de Atenas, Roma y Jerusalén— es machacada diariamente como "opresora" por el relato que le llega de Stanford, Hollywood y Silicon Valley. Pierde fe en su propia historia y, por tanto, en su derecho a un futuro propio.

3. Un Territorio en Balcanización Mental: Cataluña, Flandes, Lombardía... los localismos estallan porque el marco nacional y europeo se ha vaciado de significado. La guerra cultural importada fragmenta lo que queda de pueblo en mil identidades enfrentadas, imposibilitando cualquier respuesta colectiva y soberana.


La Única Salida es la Autonomía del Caos


Europa no se salvará pidiendo clemencia a un dios u otro de esta guerra. Su salvación exige dejar de ser el teatro donde se representan los dramas angloamericanos.


La tarea es triple y urgente:


1. Recuperar el Mando Tecnológico: Construir alternativas europeas a X, a las plataformas, a la IA. Sin infraestructura digital soberana, no hay narrativa soberana.

2. Restaurar la Frontera Civilizacional: Esto no es sobre etnias; es sobre principios. Debe decidir qué vale de su herencia (la razón, la dignidad humana, la belleza) y defenderla con leyes, educación y política cultural. Debe controlar sus fronteras físicas y digitales.

3. Forjar una Defensa Común Real: Una fuerza militar europea creíble que permita decir "no" a Washington o a Moscú, y negociar desde la igualdad con potencias regionales.


Europa morirá si sigue siendo el daño colateral de la guerra de los dioses ajenos. Sólo vivirá si, mirando a sus tres mil años de profundidad, decide convertirse, por fin, en un dios de su propio destino. El tiempo no corre en su favor; la guerra interna en el Oeste se intensifica. Y como en toda guerra fraticida, los primeros en morir son siempre los espectadores.

lunes, 5 de enero de 2026

Marruecos, narco-geopolítica y el doble rasero que nadie quiere nombrar

En el tablero internacional hay palabras que condenan. Cuando Washington llama a alguien “narcoterrorista”, el guion está escrito: sanciones, demonización mediática, presión diplomática… y, si conviene, intervención. Eso es lo que hemos visto con Venezuela y el relato construido alrededor de Maduro.

Pero surge la pregunta incómoda, la que casi nadie formula porque dinamita hipocresías muy bien pagadas: si Marruecos se aproxima peligrosamente a un narco-Estado, ¿organizarán la Casa Blanca y el Pentágono el bombardeo de Rabat y la detención de Mohamed VI? Todos sabemos la respuesta. Y precisamente por eso conviene decirlo alto.

Marruecos es, desde hace años, el gran productor de resina de cannabis en el mundo. Las rutas que parten del Rif alimentan mafias en España, Francia, Bélgica, Países Bajos. Dinero, violencia, corrupción. Y, sin embargo, el discurso oficial es siempre el mismo: “socio estratégico, aliado estable, pieza clave contra la inmigración irregular”.

Curiosa estabilidad, cuando toneladas de droga cruzan un territorio supuestamente controlado por uno de los aparatos policiales más duros del Mediterráneo.Si sale, es porque se tolera. Y si se tolera, es porque sirve.

Sirve para aceitar redes clientelares.
Sirve para comprar voluntades.
Sirve para negociar con Europa desde una posición de fuerza.


Eso no es un fallo del sistema: es el sistema.

Aquí está el punto decisivo. Un narco-Estado no es solo aquel donde manda un cartel; es el que integra el crimen en la lógica del poder. No se trata de que el Estado sea débil, sino de que el Estado selecciona qué ilegalidad tolera y a quién enriquece, porque de ello obtiene beneficio político.

¿O de verdad alguien cree que un país capaz de abrir y cerrar el grifo migratorio a demanda, incapaz va a “detener” el flujo de hachís cuando le convenga?

El problema no es ignorancia. Es cálculo.

A Maduro se le acusa —con mayor o menor fundamento— de vínculos con redes de narcotráfico. Resultado: demonización total, discurso moralista, cruzada geopolítica. Ahora bien: ¿Cuándo escucharemos a Washington calificar a Marruecos de “narco-Estado”? ¿Cuándo veremos sanciones, bloqueos, amenazas? ¿Cuándo veremos editoriales indignados, campañas internacionales, tribunales y comisiones?

No ocurrirá. 

Porque Marruecos es útil: un socio militar relevante, una cuña en el Magreb, una pieza de contención migratoria y un aliado preferente de EE. UU. Ahí el narcotráfico deja de ser escándalo y pasa a ser externalidad asumible. 

Con Maduro es “narcoterrorismo”. Con el Sionista  Mohamed VI es "complejidad regional".

Europa sermonea sobre valores y Estado de derecho mientras acepta que la droga que desestructura barrios enteros entra desde un país al que llama “amigo”.

Y lo acepta porque el precio de decir la verdad sería admitir otra cosa: que nuestra seguridad, nuestra política migratoria y parte de nuestra economía dependen de un régimen que juega simultáneamente al socio y al facilitador.

La pregunta, entonces, ya no es si Marruecos “se parece” a un narco-Estado. Es peor: ¿hasta qué punto hemos decidido convivir con ello?

Si de verdad el mundo está en guerra contra el narcotráfico… ¿por qué los bombarderos siempre apuntan al mismo sitio y nunca a los “amigos” del sistema?

Quizá porque la guerra contra la droga, como tantas otras, no es guerra moral.
Es administración del poder.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

JD Vance, Zapatero y el arte de gobernar… sin gobernar

El presidente sirio, Ahmed al-Sharaa, se reúne con el presidente estadounidense, Donald Trump, y el príncipe heredero saudí, Mohammed Bin Salman, en Riad, Arabia Saudí, en este documento de mano publicado el 14 de mayo de 2025. REUTERS - Saudi Press Agency

Cada época construye sus propios intermediarios del poder. Y, a veces, los verdaderos protagonistas no son los que ocupan el despacho oval ni el palacio presidencial, sino quienes preparan el terreno para que los negocios sigan fluyendo cuando los ciclos electorales cambian.

En Estados Unidos, muchos miran a JD Vance como el futuro: rostro populista, lenguaje antisistema, narrativa populista. Pero reducirlo a eso sería ingenuo. Vance no es simplemente “el vice de Trump”: es el ensayo general de una transición ordenada del trumpismo hacia algo más institucional, más presentable y —sobre todo— más funcional para los grandes intereses económicos que orbitan alrededor del poder. El trumpismo siempre se vendió como “America First”, pero su práctica real ha tenido un nombre más preciso: deal-making. Tratos. Puentes con capitales estratégicos. Y, entre todos ellos, uno destaca: el Golfo.

La relación con Arabia Saudí —que ya tuvo episodios visibles durante el primer mandato, con viajes, acuerdos e iniciativas económicas— abre una lectura inquietante: ¿y si el segundo asalto del trumpismo sirve menos para “cambiar América” y más para consolidar una red de influencia económico-política con Riad que sobreviva al propio Trump? En ese tablero, la figura de JD Vance adquiere sentido: continuidad sin desgaste. Y, alrededor, nombres como Ivanka o Kushner operan en un espacio híbrido —ni del todo político, ni del todo privado— donde el negocio y la diplomacia se confunden.

Europa, en esta ecuación, no es el aliado imprescindible de la Guerra Fría, sino un activo negociable. Si el capital y la energía se reorientan hacia el Golfo, el continente queda en tierra de nadie: dependiente, culpable y dispuesto a ceder terreno cultural y geopolítico a cambio de estabilidad financiera. No hace falta creer en conspiraciones para verlo: basta observar cómo el dinero compra silencios, indulgencias y prioridades.

Y aquí la comparación con España no resulta tan extravagante como parece.

Zapatero fue, para el sanchismo, algo parecido a lo que Vance puede llegar a ser para el trumpismo: garante de continuidad, constructor de puentes, custodio de una red política y mediática que trasciende a los gobiernos concretos. En España hemos visto cómo ciertas figuras —de un lado y del otro— permanecen siempre cerca del poder, incluso cuando ya no gobiernan. A veces aconsejan, otras intermedian, y —no pocas— protegen ecosistemas enteros de intereses, favores y lealtades cruzadas.

Se llama “responsabilidad histórica”.

Muchas veces es, sencillamente, tráfico de influencia legalizado.

Que nadie se engañe: esta lógica no es patrimonio exclusivo de la izquierda o de la derecha. El “chavismo” a la española y el trumpismo global comparten algo esencial: el relato de que luchan contra las élites… mientras crean las suyas propias. Predican revolución, practican negocio. Exigen sacrificios al ciudadano, pero blindan el acceso privilegiado a contratos, puertas giratorias y capital extranjero.

La pregunta incómoda es otra:

¿quién gobierna de verdad cuando los que mandan ya están pensando en cómo seguir mandando cuando se vayan?

El poder contemporáneo funciona con una doble capa. La visible: discursos, ruedas de prensa, promesas morales. Y la invisible: fundaciones, fondos de inversión, consultoras, mediadores internacionales. Ahí se decide lo importante: dónde va el dinero, quién fija el marco y qué temas quedan fuera del debate. Y ahí es donde JD Vance, Zapatero y otras figuras similares operan mejor que quienes dan la cara cada día.

No se trata de demonizar personas concretas. Se trata de entender el patrón: la política se convierte en un instrumento del negocio.

Y el ciudadano, mientras discute de banderas, identidades y trincheras ideológicas, descubre tarde que su soberanía —económica, cultural y democrática— se negoció en otra mesa.

La metapolítica empieza cuando lo vemos.

Lo siguiente —si queremos seguir siendo adultos— será decidir si aceptamos este juego… o empezamos a exigir transparencia y límites reales al poder que no se presenta a las elecciones, pero nunca pierde.


lunes, 29 de diciembre de 2025

Trump, Riad y la Europa en liquidación: ¿aliado… o subastador?

 

Foto: Jeff Kravitz (FilmMagic/Getty Images

Europa lleva años creyéndose sujeto histórico, pero se comporta como si fuera inventario. No negocia el tablero: ocupa una casilla. La pregunta es simple: ¿quién se adueña de ella cuando Estados Unidos decide que ya no compensa sostener el viejo continente a precio de protector?

Con Trump (pero no sólo con Trump), la brújula es brutalmente clara: geopolítica como negocio. Seguridad, energía, tecnologías críticas, incluso guerras: todo se mide en retornos. Y en ese mundo de balances y cheques, Arabia Saudí aparece no como “aliado incómodo”, sino como banco central de la nueva realpolitik.

Europa, envejecida, desindustrializada y dependiente, es —para ese modelo— un activo fatigado. Una franquicia premium a la que todavía se le puede exprimir renta turística, capital inmobiliario, talento técnico… pero cuyo núcleo estratégico está agotado. ¿La tentación? venderla a precio de saldo, transferir influencia real —energética, financiera, cultural— hacia el Golfo, mientras Washington se concentra en su competición decisiva: China.

Trump no odia Europa. Tampoco la admira. La tasa. Si pagas, existes. Si no, eres carga.

En ese esquema, un acuerdo tácito parece dibujarse: Washington provee paraguas militar cada vez más condicionado. Riad compra activos, clubs, ciudades, infraestructuras, voluntades. Las élites europeas gestionan el descenso con discursos vacíos sobre “valores”.

Resultado: emergen unos “Estados Unidos de los ricos europeos… en Riad”: capitales, ejecutivos, tecnócratas y celebrities viviendo entre desiertos climatizados, megaciudades inteligentes y zonas francas de lujo; mientras el resto de Europa se convierte en parque temático barato para jubilados y turismo masivo.

¿Exageración? Quizá. Pero los vectores ya están ahí: deslocalización industrial, dependencia energética crónica, venta de activos estratégicos, captura cultural por dinero del Golfo, y una política europea que finge autonomía mientras negocia desde la necesidad.

Entonces, ¿Trump es aliado?

Es aliado del que paga, del que acepta la subordinación como contrato mercantil. Para el ciudadano europeo medio —el que trabaja, paga impuestos y todavía cree en la promesa de ciudadanía—, Trump no es aliado; es subastador. Y peor aún: ilumina la cobardía de nuestros propios gobernantes, felices de entregar trozos de soberanía con tal de conservar sillones.

La verdadera tragedia no sería que Washington “nos venda”. La tragedia es que Europa ya se ha puesto el precio.

Hasta que no asumamos que la política sin proyecto termina convertida en mercancía, seguiremos discutiendo si Trump es bueno o malo… en lugar de preguntarnos por qué Europa ha dejado de ser un actor y se comporta como un lote. 🇺🇸🇪🇺🇸🇦

RTVE y la Ingeniería del Consenso

Jesús Cintora, Javier Ruiz, Adela González, Silvia Intxaurrondo, Marta Flich y Gonzalo Miró, principales rostros de TVE La televisión públic...