En España no existe censura formal. Nadie prohíbe libros, nadie clausura periódicos, nadie apaga micrófonos con una orden ministerial. Y sin embargo, basta encender la televisión para comprobar que la pluralidad informativa es, en gran medida, una ficción bien producida. No una mentira burda, sino algo más sofisticado: una escenografía de diversidad diseñada para que nada esencial se salga del marco.
El sistema es simple y extremadamente eficaz. Dos grandes grupos privados —Atresmedia y Mediaset— concentran la mayor parte de la audiencia televisiva generalista. No son medios marginales ni alternativos: son el centro del ecosistema. El lugar donde se decide qué temas existen, cuáles son anecdóticos y cuáles son directamente invisibles.
No se trata de que todos digan exactamente lo mismo. Ese sería un error demasiado evidente. El mecanismo real es más fino: permitir el conflicto, pero solo dentro de un perímetro ideológico seguro.
A primera vista, el espectador cree elegir. Cambia de canal, compara tertulias, se indigna con unos y se reafirma con otros. Pero esa elección es comparable a elegir asiento en un avión: puedes preferir ventana o pasillo, pero el destino ya está fijado.
Atresmedia ofrece una derecha domesticada y una izquierda podemizada ambas perfectamente compatibles con el consenso económico y europeo. Mediaset, por su parte, opta por otra vía: la del entretenimiento degradado, la polémica personal, el conflicto emocional, la sexualización constante y el ruido. No pretende convencerte de nada: pretende agotarte.
Uno fabrica opinión “respetable”. El otro fabrica distracción. El resultado es el mismo: una sociedad que discute sin profundidad y consume sin comprender.
El error habitual es pensar que el problema es ideológico: “estos son de izquierdas”, “estos son de derechas”. Pero el verdadero núcleo no está ahí. El duopolio no obedece a una ideología concreta, sino a una estructura de poder económico y regulatorio.
Ambos grupos dependen de:
grandes anunciantes (banca, energía, telecomunicaciones),
concesiones administrativas del Estado,
marcos regulatorios europeos,
y un clima político estable que no cuestione los pilares del sistema.
Eso impone límites muy claros. Puedes criticar a un político concreto, pero no al modelo. Puedes escandalizarte por una corrupción puntual, pero no por la arquitectura que la hace inevitable. Puedes hablar de desigualdad, pero no de quién la produce ni por qué es estructural.
La disidencia real no se persigue: se filtra antes de nacer.
Hay temas que nunca generan un debate auténtico en prime time. No porque sean irrelevantes, sino porque son peligrosos para el equilibrio del sistema. La financiación de los medios, el papel de las grandes corporaciones, la dependencia exterior, la pérdida de soberanía económica, la degradación cultural como fenómeno inducido… Todo eso aparece, como mucho, fragmentado, descontextualizado o ridiculizado.
El consenso no se impone a gritos. Se instala por repetición. Por omisión. Por saturación de asuntos secundarios que ocupan el espacio mental que debería pertenecer a las preguntas fundamentales.
El ciudadano no es desinformado; está mal orientado.
Aquí Mediaset juega un rol clave. No es casual que la televisión más banal conviva con discursos supuestamente progresistas. La banalización no es neutral: debilita la capacidad crítica, convierte lo público en espectáculo y normaliza la humillación como forma de entretenimiento.
Cuando todo es risible, todo es efímero. Y cuando todo es efímero, nada merece ser defendido seriamente.
No se destruye una sociedad prohibiéndole pensar, sino enseñándole a no tomarse nada en serio, empezando por sí misma.
¿Quién manda realmente?
La pregunta incómoda no es quién presenta los programas ni qué tertuliano grita más fuerte. La pregunta real es: ¿a quién no pueden molestar estos medios?
Y la respuesta es clara: a quienes sostienen el sistema económico, publicitario y político del que dependen. El poder no necesita aparecer en pantalla. Le basta con establecer los límites de lo decible.
Por eso la disidencia auténtica no suele fracasar por falta de argumentos, sino por falta de altavoces. No porque sea refutada, sino porque es inexistente mediáticamente.
Quizá la consecuencia más grave de este modelo es que España deja de ser un sujeto político y cultural para convertirse en un mercado de atención. Un espacio a gestionar, no una comunidad a comprender. Un público al que segmentar, no un pueblo al que servir.
Cuando los grandes medios no se sienten vinculados a la suerte del país, sino a la estabilidad de sus balances, el resultado es una narrativa permanentemente desarraigada, incapaz de generar un proyecto común.
No hay traición explícita. Hay algo más frío: indiferencia estructural.
El mayor éxito del duopolio mediático español no es convencerte de algo concreto, sino hacerte creer que ya lo has visto todo, que no queda nada nuevo por decir, que toda crítica es exageración o nostalgia.
Pero la historia demuestra que los sistemas más sólidos no caen por el ataque frontal, sino por el desgaste interno: cuando la realidad deja de encajar con el relato.
Y ahí, lejos de los platós, empieza siempre lo verdaderamente peligroso.

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