En el tablero internacional hay palabras que condenan. Cuando Washington llama a alguien “narcoterrorista”, el guion está escrito: sanciones, demonización mediática, presión diplomática… y, si conviene, intervención. Eso es lo que hemos visto con Venezuela y el relato construido alrededor de Maduro.
Pero surge la pregunta incómoda, la que casi nadie formula porque dinamita hipocresías muy bien pagadas: si Marruecos se aproxima peligrosamente a un narco-Estado, ¿organizarán la Casa Blanca y el Pentágono el bombardeo de Rabat y la detención de Mohamed VI? Todos sabemos la respuesta. Y precisamente por eso conviene decirlo alto.
Marruecos es, desde hace años, el gran productor de resina de cannabis en el mundo. Las rutas que parten del Rif alimentan mafias en España, Francia, Bélgica, Países Bajos. Dinero, violencia, corrupción. Y, sin embargo, el discurso oficial es siempre el mismo: “socio estratégico, aliado estable, pieza clave contra la inmigración irregular”.
Curiosa estabilidad, cuando toneladas de droga cruzan un territorio supuestamente controlado por uno de los aparatos policiales más duros del Mediterráneo.Si sale, es porque se tolera. Y si se tolera, es porque sirve.
Sirve para aceitar redes clientelares.
Sirve para comprar voluntades.
Sirve para negociar con Europa desde una posición de fuerza.
Eso no es un fallo del sistema: es el sistema.
Aquí está el punto decisivo. Un narco-Estado no es solo aquel donde manda un cartel; es el que integra el crimen en la lógica del poder. No se trata de que el Estado sea débil, sino de que el Estado selecciona qué ilegalidad tolera y a quién enriquece, porque de ello obtiene beneficio político.
¿O de verdad alguien cree que un país capaz de abrir y cerrar el grifo migratorio a demanda, incapaz va a “detener” el flujo de hachís cuando le convenga?
El problema no es ignorancia. Es cálculo.
A Maduro se le acusa —con mayor o menor fundamento— de vínculos con redes de narcotráfico. Resultado: demonización total, discurso moralista, cruzada geopolítica. Ahora bien: ¿Cuándo escucharemos a Washington calificar a Marruecos de “narco-Estado”? ¿Cuándo veremos sanciones, bloqueos, amenazas? ¿Cuándo veremos editoriales indignados, campañas internacionales, tribunales y comisiones?
No ocurrirá.
Porque Marruecos es útil: un socio militar relevante, una cuña en el Magreb, una pieza de contención migratoria y un aliado preferente de EE. UU. Ahí el narcotráfico deja de ser escándalo y pasa a ser externalidad asumible.
Con Maduro es “narcoterrorismo”. Con el Sionista Mohamed VI es "complejidad regional".
Europa sermonea sobre valores y Estado de derecho mientras acepta que la droga que desestructura barrios enteros entra desde un país al que llama “amigo”.
Y lo acepta porque el precio de decir la verdad sería admitir otra cosa: que nuestra seguridad, nuestra política migratoria y parte de nuestra economía dependen de un régimen que juega simultáneamente al socio y al facilitador.
La pregunta, entonces, ya no es si Marruecos “se parece” a un narco-Estado. Es peor: ¿hasta qué punto hemos decidido convivir con ello?
Si de verdad el mundo está en guerra contra el narcotráfico… ¿por qué los bombarderos siempre apuntan al mismo sitio y nunca a los “amigos” del sistema?
Quizá porque la guerra contra la droga, como tantas otras, no es guerra moral.
Es administración del poder.

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