Cada época construye sus propios intermediarios del poder. Y, a veces, los verdaderos protagonistas no son los que ocupan el despacho oval ni el palacio presidencial, sino quienes preparan el terreno para que los negocios sigan fluyendo cuando los ciclos electorales cambian.
En Estados Unidos, muchos miran a JD Vance como el futuro: rostro populista, lenguaje antisistema, narrativa populista. Pero reducirlo a eso sería ingenuo. Vance no es simplemente “el vice de Trump”: es el ensayo general de una transición ordenada del trumpismo hacia algo más institucional, más presentable y —sobre todo— más funcional para los grandes intereses económicos que orbitan alrededor del poder. El trumpismo siempre se vendió como “America First”, pero su práctica real ha tenido un nombre más preciso: deal-making. Tratos. Puentes con capitales estratégicos. Y, entre todos ellos, uno destaca: el Golfo.
La relación con Arabia Saudí —que ya tuvo episodios visibles durante el primer mandato, con viajes, acuerdos e iniciativas económicas— abre una lectura inquietante: ¿y si el segundo asalto del trumpismo sirve menos para “cambiar América” y más para consolidar una red de influencia económico-política con Riad que sobreviva al propio Trump? En ese tablero, la figura de JD Vance adquiere sentido: continuidad sin desgaste. Y, alrededor, nombres como Ivanka o Kushner operan en un espacio híbrido —ni del todo político, ni del todo privado— donde el negocio y la diplomacia se confunden.
Europa, en esta ecuación, no es el aliado imprescindible de la Guerra Fría, sino un activo negociable. Si el capital y la energía se reorientan hacia el Golfo, el continente queda en tierra de nadie: dependiente, culpable y dispuesto a ceder terreno cultural y geopolítico a cambio de estabilidad financiera. No hace falta creer en conspiraciones para verlo: basta observar cómo el dinero compra silencios, indulgencias y prioridades.
Y aquí la comparación con España no resulta tan extravagante como parece.
Zapatero fue, para el sanchismo, algo parecido a lo que Vance puede llegar a ser para el trumpismo: garante de continuidad, constructor de puentes, custodio de una red política y mediática que trasciende a los gobiernos concretos. En España hemos visto cómo ciertas figuras —de un lado y del otro— permanecen siempre cerca del poder, incluso cuando ya no gobiernan. A veces aconsejan, otras intermedian, y —no pocas— protegen ecosistemas enteros de intereses, favores y lealtades cruzadas.
Se llama “responsabilidad histórica”.
Muchas veces es, sencillamente, tráfico de influencia legalizado.
Que nadie se engañe: esta lógica no es patrimonio exclusivo de la izquierda o de la derecha. El “chavismo” a la española y el trumpismo global comparten algo esencial: el relato de que luchan contra las élites… mientras crean las suyas propias. Predican revolución, practican negocio. Exigen sacrificios al ciudadano, pero blindan el acceso privilegiado a contratos, puertas giratorias y capital extranjero.
La pregunta incómoda es otra:
¿quién gobierna de verdad cuando los que mandan ya están pensando en cómo seguir mandando cuando se vayan?
El poder contemporáneo funciona con una doble capa. La visible: discursos, ruedas de prensa, promesas morales. Y la invisible: fundaciones, fondos de inversión, consultoras, mediadores internacionales. Ahí se decide lo importante: dónde va el dinero, quién fija el marco y qué temas quedan fuera del debate. Y ahí es donde JD Vance, Zapatero y otras figuras similares operan mejor que quienes dan la cara cada día.
No se trata de demonizar personas concretas. Se trata de entender el patrón: la política se convierte en un instrumento del negocio.
Y el ciudadano, mientras discute de banderas, identidades y trincheras ideológicas, descubre tarde que su soberanía —económica, cultural y democrática— se negoció en otra mesa.
La metapolítica empieza cuando lo vemos.
Lo siguiente —si queremos seguir siendo adultos— será decidir si aceptamos este juego… o empezamos a exigir transparencia y límites reales al poder que no se presenta a las elecciones, pero nunca pierde.

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