jueves, 18 de septiembre de 2025

La izquierda de quita y pon

Se llenan la boca de Palestina, gritan en las calles, banderas verdes, rojas y negras ondeando en manos de universitarios con la mirada perdida. Israel, genocida. Estados Unidos, cómplice. Europa, cobarde. Toda la retórica lista, fácil, masticada. Ni una gota de sudor en pensar: el malo ya está señalado, el bueno es eterno mártir. Todo encaja en el teatrillo del progresismo: víctimas y verdugos, el imperio contra el pueblo.

Pero si te das la vuelta y miras al sur, a cuatro pasos de Canarias, la película cambia. El Sáhara, ocupado, saqueado, humillado. Los saharauis, apilados en campamentos en Tinduf, sobreviviendo a base de miseria y promesas que nunca se cumplen. Marruecos, el invasor sonriente, socio comercial, proxeneta de la inmigración. Ahí el progresismo español se vuelve sordo, mudo, ciego. Ni banderas saharauis, ni lágrimas de tertuliano, ni pancartas en la Gran Vía. Nada. Silencio.

Sánchez entrega el Sáhara como si fuese una alfombra en una subasta, y los suyos callan como perros apaleados. Marruecos hace de Israel y el Sáhara hace de Palestina, pero la izquierda prefiere mirar para otro lado porque incomoda al patrón. ¿Dónde están los discursos de Yolanda? ¿Dónde las lágrimas de Iglesias? ¿Dónde las portadas del periódico progresista de turno? En el retrete.

La izquierda española no defiende causas: defiende decorados. Palestina les sirve para posar, el Sáhara estorba. A Israel lo pueden señalar desde lejos, a Marruecos lo tienen demasiado cerca, con la llave de las pateras en la mano. Y entonces se descubre el truco: la moral progresista es un traje alquilado, de quita y pon. Lo visten para la foto, lo tiran cuando molesta.

El doble rasero no es un error, es el sistema. Palestina es pancarta, el Sáhara es silencio. Israel es monstruo, Marruecos es socio. El progresismo español: putas caras pintadas para la farsa de Moncloa.

martes, 9 de septiembre de 2025

El negocio del silencio: de Iryna Zarutska a Zapatero


El asesinato de Iryna Zarutska en el metro, a manos de un delincuente de raza negra, ha pasado de puntillas por los grandes medios de comunicación. Apenas un eco en redes sociales, cero portadas, cero titulares, cero minutos en prime time. La consigna es clara: cuando la realidad no encaja con el relato, se entierra bajo toneladas de silencio.

La paradoja es amarga. Iryna, como tantas jóvenes europeas, en su día simpatizó con las proclamas de Black Lives Matter, el movimiento que prometía justicia, igualdad y reparación histórica. Hoy, tras su asesinato, ese mismo movimiento guarda silencio sepulcral. Ninguna pancarta, ninguna concentración, ninguna palabra de condena. Solo vacío.

Porque BLM no es ya un movimiento social, sino una máquina de hacer dinero. En Estados Unidos, parte de su cúpula está bajo investigación por la compra de mansiones, desvío de fondos y gestión opaca de decenas de millones de dólares. Lo mismo ocurre con otras ONGs y plataformas políticas en Europa. El negocio no es ayudar, sino capitalizar la culpa colectiva y vender relatos prefabricados a golpe de subvención.

En España tenemos el espejo claro: Open Arms, convertida en la ONG favorita de Bruselas y Moncloa, vive del rescate mediático. Cada operación se traduce en fondos, contratos y fotos lacrimógenas que llenan telediarios y refuerzan campañas electorales. Un buque humanitario que funciona como empresa de salvamento subvencionada, con beneficios políticos y económicos para quienes la promocionan.

Y mientras tanto, los grandes apóstoles del progresismo patrio hacen caja. El expresidente José Luis Rodríguez Zapatero es el ejemplo perfecto: reconvertido en lobbista internacional, se pasea por Caracas y La Habana defendiendo dictaduras mientras se instala en Madrid en una vivienda valorada en más de dos millones de euros. La paradoja roza la obscenidad: un líder que se dice humilde, que presume de vivir para la causa, con una casa blindada cuya vigilancia corre a cargo del Ministerio del Interior y, por tanto, del bolsillo de todos los españoles.

El Zapatero que se presenta como mediador es en realidad un comisionista del chavismo, el mismo que asesoró a Maduro mientras Venezuela se hundía en la miseria. El mismo que se relaciona con lobbistas internacionales que han hecho del progresismo una marca comercial.

Lo de Iryna no interesa a El País, ni a RTVE, ni a Antena 3, ni a Telecinco. Mucho menos a la SER o a La Sexta. El periodismo oficial está demasiado ocupado amplificando protestas con banderas palestinas, condenando a Israel o celebrando el último cheque millonario enviado por Moncloa a Gaza. Las víctimas que incomodan —las que señalan fallos en la política migratoria, las que revelan el coste real de la inseguridad en Europa— simplemente no existen.

En cambio, sí existen los negocios. Existen las ONGs multimillonarias, los asesores que cobran a comisión, los políticos reciclados en traficantes de influencia. Existen los millones desviados en mascarillas durante la pandemia, los contratos sospechosos y los favores que se pagan en forma de cargos públicos o embajadas doradas.

La tragedia de Iryna no solo es el crimen que acabó con su vida, sino la segunda muerte que supone el silencio cómplice de medios y ONGs. Una víctima incómoda para el relato se borra de la agenda, como si nunca hubiera existido.

Mientras tanto, los de siempre hacen caja. BLM en EE.UU., Open Arms en España, Zapatero en el mundo del chavismo. El progresismo ha mutado en un negocio redondo, con mártires seleccionados a dedo, causas que se venden al mejor postor y millones de euros circulando bajo la bandera de la solidaridad.

Iryna, desgraciadamente, no era rentable. Por eso no habrá manifestaciones, ni minutos de silencio, ni portadas. Solo silencio. El silencio de un sistema que prefiere mirar hacia otro lado mientras la industria del victimismo sigue facturando.

martes, 2 de septiembre de 2025

Los discípulos impostores de Carl Schmitt

 


Hay algo casi cómico —y a la vez trágico— en la forma en que la izquierda posmoderna española, desde Podemos hasta los satélites del sanchismo, se aproxima a Carl Schmitt. Cómico, porque la distancia entre el jurista alemán y estos profesores de tertulia televisiva es abismal. Trágico, porque la manipulación de su pensamiento se hace con un objetivo político inmediato: disfrazar de “resistencia democrática” lo que en realidad es pura y vieja lucha por el poder, con las mismas armas que Schmitt definió con precisión quirúrgica.

Podemos y su constelación universitaria han intentado, durante años, apropiarse de la “Teoría del partisano” para vestir al militante de hoy como heredero del guerrillero heroico. El problema es que Schmitt, cuando hablaba de partisanos, pensaba antes en los españoles que se alzaron contra Napoleón —católicos, monárquicos, profundamente antiliberales— que en los brigadistas comunistas de los que Pablo Iglesias pretende hacer descendencia directa.

El truco es burdo: Iglesias y compañía toman de Schmitt lo que les interesa —la exaltación del conflicto, el enemigo, la legitimidad del partisano— y le arrancan de cuajo el contexto histórico y filosófico. El resultado es un Schmitt recortado, convertido en póster universitario: un “Schmitt para progres”, edulcorado y antifascista, cuando hablamos de un pensador que militó en el NSDAP y que despreciaba, tanto como al liberalismo, al relativismo moral que hoy predican las facultades de Ciencias Sociales.

Pero hay un segundo nivel en esta farsa: mientras se presentan como herederos del partisano, Iglesias y su tropa se aferran con uñas y dientes a las instituciones que Schmitt habría despreciado por débiles, corruptas y decadentes. ¿Qué es más parlamentarista que el reparto de cargos? ¿Qué más “castizo” que negociar vicepresidencias, ministerios de cuota y direcciones de empresa pública en los despachos de Bruselas? Podemos, Sumar y el PSOE han acabado siendo lo que juraban combatir: castuza, en versión woke y con boina de la Complutense.

Porque si hay algo que Schmitt despreciaba era precisamente eso: el parlamentarismo como coartada para la mediocridad. Y sin embargo ahí los vemos, abrazados a Von der Leyen, a la OTAN, a la burocracia bruselense que reparte cargos y fondos como una casa de socorro. Nada más antischmittiano que esa obediencia sumisa al orden liberal-parlamentario que dicen cuestionar, mientras en los libros lo presentan como si fueran los nuevos guerrilleros contra Napoleón.

El ciudadano medio intuye la trampa pero no siempre la descifra: la izquierda española utiliza a Schmitt para justificar su radicalidad verbal, pero lo oculta para no ser vinculada a su biografía incómoda. A la vez, vive instalada en el parlamentarismo más banal y la corrupción más rutinaria. Quieren ser guerrilleros en el discurso y burócratas en la nómina. Se proclaman antisistema y acaban cobrando dietas en Bruselas.

En el fondo, esa contradicción no es un error: es la esencia de lo que son. Cínicos profesionales del relato. Han descubierto que la manera de ser “schmittianos” sin mancharse es usar su vocabulario —enemigo, partisano, conflicto— para agitar a las bases, mientras se arrodillan ante el sistema liberal que les garantiza los sillones.

El resultado es un híbrido grotesco: un chavismo de moqueta, un comunismo de cargo oficial, un antisistema con chófer oficial y plaza en la OTAN. Todo ello servido con el envoltorio moralista del wokeismo, que convierte en virtud lo que no pasa de ser hambre de poder y nómina fija.

Carl Schmitt, de estar vivo, probablemente despreciaría a estos impostores tanto como al liberalismo que combatió. Los llamaría lo que son: oportunistas de facultad, castuza reciclada. Partisanos de powerpoint. Guerrilleros de plasma.


Y quizá escribiría una nota al pie de su “Teoría del partisano”: “Cuando el enemigo se disfraza de resistencia, el caos está servido. Y el caos siempre lo administran los que ya mandan.”

La peonización de la economía española: el legado laboral del PSOE

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