martes, 2 de septiembre de 2025

Los discípulos impostores de Carl Schmitt

 


Hay algo casi cómico —y a la vez trágico— en la forma en que la izquierda posmoderna española, desde Podemos hasta los satélites del sanchismo, se aproxima a Carl Schmitt. Cómico, porque la distancia entre el jurista alemán y estos profesores de tertulia televisiva es abismal. Trágico, porque la manipulación de su pensamiento se hace con un objetivo político inmediato: disfrazar de “resistencia democrática” lo que en realidad es pura y vieja lucha por el poder, con las mismas armas que Schmitt definió con precisión quirúrgica.

Podemos y su constelación universitaria han intentado, durante años, apropiarse de la “Teoría del partisano” para vestir al militante de hoy como heredero del guerrillero heroico. El problema es que Schmitt, cuando hablaba de partisanos, pensaba antes en los españoles que se alzaron contra Napoleón —católicos, monárquicos, profundamente antiliberales— que en los brigadistas comunistas de los que Pablo Iglesias pretende hacer descendencia directa.

El truco es burdo: Iglesias y compañía toman de Schmitt lo que les interesa —la exaltación del conflicto, el enemigo, la legitimidad del partisano— y le arrancan de cuajo el contexto histórico y filosófico. El resultado es un Schmitt recortado, convertido en póster universitario: un “Schmitt para progres”, edulcorado y antifascista, cuando hablamos de un pensador que militó en el NSDAP y que despreciaba, tanto como al liberalismo, al relativismo moral que hoy predican las facultades de Ciencias Sociales.

Pero hay un segundo nivel en esta farsa: mientras se presentan como herederos del partisano, Iglesias y su tropa se aferran con uñas y dientes a las instituciones que Schmitt habría despreciado por débiles, corruptas y decadentes. ¿Qué es más parlamentarista que el reparto de cargos? ¿Qué más “castizo” que negociar vicepresidencias, ministerios de cuota y direcciones de empresa pública en los despachos de Bruselas? Podemos, Sumar y el PSOE han acabado siendo lo que juraban combatir: castuza, en versión woke y con boina de la Complutense.

Porque si hay algo que Schmitt despreciaba era precisamente eso: el parlamentarismo como coartada para la mediocridad. Y sin embargo ahí los vemos, abrazados a Von der Leyen, a la OTAN, a la burocracia bruselense que reparte cargos y fondos como una casa de socorro. Nada más antischmittiano que esa obediencia sumisa al orden liberal-parlamentario que dicen cuestionar, mientras en los libros lo presentan como si fueran los nuevos guerrilleros contra Napoleón.

El ciudadano medio intuye la trampa pero no siempre la descifra: la izquierda española utiliza a Schmitt para justificar su radicalidad verbal, pero lo oculta para no ser vinculada a su biografía incómoda. A la vez, vive instalada en el parlamentarismo más banal y la corrupción más rutinaria. Quieren ser guerrilleros en el discurso y burócratas en la nómina. Se proclaman antisistema y acaban cobrando dietas en Bruselas.

En el fondo, esa contradicción no es un error: es la esencia de lo que son. Cínicos profesionales del relato. Han descubierto que la manera de ser “schmittianos” sin mancharse es usar su vocabulario —enemigo, partisano, conflicto— para agitar a las bases, mientras se arrodillan ante el sistema liberal que les garantiza los sillones.

El resultado es un híbrido grotesco: un chavismo de moqueta, un comunismo de cargo oficial, un antisistema con chófer oficial y plaza en la OTAN. Todo ello servido con el envoltorio moralista del wokeismo, que convierte en virtud lo que no pasa de ser hambre de poder y nómina fija.

Carl Schmitt, de estar vivo, probablemente despreciaría a estos impostores tanto como al liberalismo que combatió. Los llamaría lo que son: oportunistas de facultad, castuza reciclada. Partisanos de powerpoint. Guerrilleros de plasma.


Y quizá escribiría una nota al pie de su “Teoría del partisano”: “Cuando el enemigo se disfraza de resistencia, el caos está servido. Y el caos siempre lo administran los que ya mandan.”

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