Se llenan la boca de Palestina, gritan en las calles, banderas verdes, rojas y negras ondeando en manos de universitarios con la mirada perdida. Israel, genocida. Estados Unidos, cómplice. Europa, cobarde. Toda la retórica lista, fácil, masticada. Ni una gota de sudor en pensar: el malo ya está señalado, el bueno es eterno mártir. Todo encaja en el teatrillo del progresismo: víctimas y verdugos, el imperio contra el pueblo.
Pero si te das la vuelta y miras al sur, a cuatro pasos de Canarias, la película cambia. El Sáhara, ocupado, saqueado, humillado. Los saharauis, apilados en campamentos en Tinduf, sobreviviendo a base de miseria y promesas que nunca se cumplen. Marruecos, el invasor sonriente, socio comercial, proxeneta de la inmigración. Ahí el progresismo español se vuelve sordo, mudo, ciego. Ni banderas saharauis, ni lágrimas de tertuliano, ni pancartas en la Gran Vía. Nada. Silencio.
Sánchez entrega el Sáhara como si fuese una alfombra en una subasta, y los suyos callan como perros apaleados. Marruecos hace de Israel y el Sáhara hace de Palestina, pero la izquierda prefiere mirar para otro lado porque incomoda al patrón. ¿Dónde están los discursos de Yolanda? ¿Dónde las lágrimas de Iglesias? ¿Dónde las portadas del periódico progresista de turno? En el retrete.
La izquierda española no defiende causas: defiende decorados. Palestina les sirve para posar, el Sáhara estorba. A Israel lo pueden señalar desde lejos, a Marruecos lo tienen demasiado cerca, con la llave de las pateras en la mano. Y entonces se descubre el truco: la moral progresista es un traje alquilado, de quita y pon. Lo visten para la foto, lo tiran cuando molesta.
El doble rasero no es un error, es el sistema. Palestina es pancarta, el Sáhara es silencio. Israel es monstruo, Marruecos es socio. El progresismo español: putas caras pintadas para la farsa de Moncloa.

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