miércoles, 31 de diciembre de 2025

JD Vance, Zapatero y el arte de gobernar… sin gobernar

El presidente sirio, Ahmed al-Sharaa, se reúne con el presidente estadounidense, Donald Trump, y el príncipe heredero saudí, Mohammed Bin Salman, en Riad, Arabia Saudí, en este documento de mano publicado el 14 de mayo de 2025. REUTERS - Saudi Press Agency

Cada época construye sus propios intermediarios del poder. Y, a veces, los verdaderos protagonistas no son los que ocupan el despacho oval ni el palacio presidencial, sino quienes preparan el terreno para que los negocios sigan fluyendo cuando los ciclos electorales cambian.

En Estados Unidos, muchos miran a JD Vance como el futuro: rostro populista, lenguaje antisistema, narrativa populista. Pero reducirlo a eso sería ingenuo. Vance no es simplemente “el vice de Trump”: es el ensayo general de una transición ordenada del trumpismo hacia algo más institucional, más presentable y —sobre todo— más funcional para los grandes intereses económicos que orbitan alrededor del poder. El trumpismo siempre se vendió como “America First”, pero su práctica real ha tenido un nombre más preciso: deal-making. Tratos. Puentes con capitales estratégicos. Y, entre todos ellos, uno destaca: el Golfo.

La relación con Arabia Saudí —que ya tuvo episodios visibles durante el primer mandato, con viajes, acuerdos e iniciativas económicas— abre una lectura inquietante: ¿y si el segundo asalto del trumpismo sirve menos para “cambiar América” y más para consolidar una red de influencia económico-política con Riad que sobreviva al propio Trump? En ese tablero, la figura de JD Vance adquiere sentido: continuidad sin desgaste. Y, alrededor, nombres como Ivanka o Kushner operan en un espacio híbrido —ni del todo político, ni del todo privado— donde el negocio y la diplomacia se confunden.

Europa, en esta ecuación, no es el aliado imprescindible de la Guerra Fría, sino un activo negociable. Si el capital y la energía se reorientan hacia el Golfo, el continente queda en tierra de nadie: dependiente, culpable y dispuesto a ceder terreno cultural y geopolítico a cambio de estabilidad financiera. No hace falta creer en conspiraciones para verlo: basta observar cómo el dinero compra silencios, indulgencias y prioridades.

Y aquí la comparación con España no resulta tan extravagante como parece.

Zapatero fue, para el sanchismo, algo parecido a lo que Vance puede llegar a ser para el trumpismo: garante de continuidad, constructor de puentes, custodio de una red política y mediática que trasciende a los gobiernos concretos. En España hemos visto cómo ciertas figuras —de un lado y del otro— permanecen siempre cerca del poder, incluso cuando ya no gobiernan. A veces aconsejan, otras intermedian, y —no pocas— protegen ecosistemas enteros de intereses, favores y lealtades cruzadas.

Se llama “responsabilidad histórica”.

Muchas veces es, sencillamente, tráfico de influencia legalizado.

Que nadie se engañe: esta lógica no es patrimonio exclusivo de la izquierda o de la derecha. El “chavismo” a la española y el trumpismo global comparten algo esencial: el relato de que luchan contra las élites… mientras crean las suyas propias. Predican revolución, practican negocio. Exigen sacrificios al ciudadano, pero blindan el acceso privilegiado a contratos, puertas giratorias y capital extranjero.

La pregunta incómoda es otra:

¿quién gobierna de verdad cuando los que mandan ya están pensando en cómo seguir mandando cuando se vayan?

El poder contemporáneo funciona con una doble capa. La visible: discursos, ruedas de prensa, promesas morales. Y la invisible: fundaciones, fondos de inversión, consultoras, mediadores internacionales. Ahí se decide lo importante: dónde va el dinero, quién fija el marco y qué temas quedan fuera del debate. Y ahí es donde JD Vance, Zapatero y otras figuras similares operan mejor que quienes dan la cara cada día.

No se trata de demonizar personas concretas. Se trata de entender el patrón: la política se convierte en un instrumento del negocio.

Y el ciudadano, mientras discute de banderas, identidades y trincheras ideológicas, descubre tarde que su soberanía —económica, cultural y democrática— se negoció en otra mesa.

La metapolítica empieza cuando lo vemos.

Lo siguiente —si queremos seguir siendo adultos— será decidir si aceptamos este juego… o empezamos a exigir transparencia y límites reales al poder que no se presenta a las elecciones, pero nunca pierde.


lunes, 29 de diciembre de 2025

Trump, Riad y la Europa en liquidación: ¿aliado… o subastador?

 

Foto: Jeff Kravitz (FilmMagic/Getty Images

Europa lleva años creyéndose sujeto histórico, pero se comporta como si fuera inventario. No negocia el tablero: ocupa una casilla. La pregunta es simple: ¿quién se adueña de ella cuando Estados Unidos decide que ya no compensa sostener el viejo continente a precio de protector?

Con Trump (pero no sólo con Trump), la brújula es brutalmente clara: geopolítica como negocio. Seguridad, energía, tecnologías críticas, incluso guerras: todo se mide en retornos. Y en ese mundo de balances y cheques, Arabia Saudí aparece no como “aliado incómodo”, sino como banco central de la nueva realpolitik.

Europa, envejecida, desindustrializada y dependiente, es —para ese modelo— un activo fatigado. Una franquicia premium a la que todavía se le puede exprimir renta turística, capital inmobiliario, talento técnico… pero cuyo núcleo estratégico está agotado. ¿La tentación? venderla a precio de saldo, transferir influencia real —energética, financiera, cultural— hacia el Golfo, mientras Washington se concentra en su competición decisiva: China.

Trump no odia Europa. Tampoco la admira. La tasa. Si pagas, existes. Si no, eres carga.

En ese esquema, un acuerdo tácito parece dibujarse: Washington provee paraguas militar cada vez más condicionado. Riad compra activos, clubs, ciudades, infraestructuras, voluntades. Las élites europeas gestionan el descenso con discursos vacíos sobre “valores”.

Resultado: emergen unos “Estados Unidos de los ricos europeos… en Riad”: capitales, ejecutivos, tecnócratas y celebrities viviendo entre desiertos climatizados, megaciudades inteligentes y zonas francas de lujo; mientras el resto de Europa se convierte en parque temático barato para jubilados y turismo masivo.

¿Exageración? Quizá. Pero los vectores ya están ahí: deslocalización industrial, dependencia energética crónica, venta de activos estratégicos, captura cultural por dinero del Golfo, y una política europea que finge autonomía mientras negocia desde la necesidad.

Entonces, ¿Trump es aliado?

Es aliado del que paga, del que acepta la subordinación como contrato mercantil. Para el ciudadano europeo medio —el que trabaja, paga impuestos y todavía cree en la promesa de ciudadanía—, Trump no es aliado; es subastador. Y peor aún: ilumina la cobardía de nuestros propios gobernantes, felices de entregar trozos de soberanía con tal de conservar sillones.

La verdadera tragedia no sería que Washington “nos venda”. La tragedia es que Europa ya se ha puesto el precio.

Hasta que no asumamos que la política sin proyecto termina convertida en mercancía, seguiremos discutiendo si Trump es bueno o malo… en lugar de preguntarnos por qué Europa ha dejado de ser un actor y se comporta como un lote. 🇺🇸🇪🇺🇸🇦

viernes, 26 de diciembre de 2025

Cuando la protección social castiga al ciudadano cumplidor


Imaginemos un caso cada vez menos excepcional: alguien entra en una vivienda vacía porque “no la usa nadie”. Declara ingresos de 1.700 euros mensuales, presenta un certificado de búsqueda activa de empleo y acredita tener un menor a cargo. Con estos elementos, el desahucio queda bloqueado durante meses —e incluso años—.

Mientras tanto, el propietario sigue afrontando los gastos: comunidad, IBI, seguros, abogados… y, en ocasiones, los suministros básicos para evitar cortes y sanciones.

El sistema describe esta situación como “protección social”. Pero lo que, en realidad, se genera es una transferencia silenciosa de cargas privadas hacia ciudadanos que nada tienen que ver con la política de vivienda.

Convertir al propietario en un sustituto del Estado no es una política social: es una distorsión que premia la ocupación, castiga el ahorro y alimenta un clima de inseguridad jurídica.

La consecuencia es previsible: menos oferta de alquiler, precios más altos y más conflictividad. La compasión institucional, cuando se ejerce a costa de terceros, deja de ser justicia y se convierte en un abuso legalizado.

Cada desahucio bloqueado por años es un mensaje claro: “ocupar compensa”. Luego nos sorprenden los precios del alquiler

domingo, 21 de diciembre de 2025

Europa frente al espejismo educativo estadounidense

Durante décadas, Estados Unidos fue referencia cultural, educativa y moral para Occidente. Hoy exporta otra cosa: conflicto ideológico, desorden cívico y relativismo institucional nacidos en unas universidades que han sustituido el conocimiento por militancia.

El problema no es anecdótico ni marginal. En buena parte del sistema educativo estadounidense, especialmente en humanidades y ciencias sociales, la formación ha sido reemplazada por adoctrinamiento. Se enseña a sospechar de la ley, a relativizar la responsabilidad individual y a justificar el desorden como respuesta política. No es casualidad que muchas de las consignas que hoy legitiman el saqueo, la impunidad o la desobediencia abierta al Estado nazcan en campus universitarios antes de llegar a la calle.

Estados Unidos vive una paradoja evidente: presume de excelencia académica mientras sus indicadores básicos de educación —lectura, matemáticas, comprensión cívica— se deterioran. Para compensar ese vacío, el sistema produce discurso moral en lugar de conocimiento. Culpa estructural en vez de exigencia, victimismo en lugar de mérito.

El resultado está a la vista. Ciudades donde el delito organizado se disfraza de protesta social, donde el saqueo se justifica con lenguaje moral, y donde la autoridad pública se repliega por miedo a ser acusada de opresión. No es pobreza lo que explica estas escenas: es una ideología que ha deslegitimado la ley.

Europa observa —y copia— con una mezcla de fascinación y cobardía. Importa conceptos, consignas y marcos mentales nacidos en realidades ajenas, sin evaluar sus consecuencias. Pero Europa tiene otra tradición: humanista, jurídica, civilizatoria. Aquí se sabía que sin ley no hay libertad, y sin autoridad no hay convivencia.

El fracaso estadounidense no es económico ni tecnológico: es cultural y educativo. Y mientras no lo asuman, seguirán exportando su decadencia envuelta en retórica moral. Europa aún está a tiempo de decir no.

RTVE y la Ingeniería del Consenso

Jesús Cintora, Javier Ruiz, Adela González, Silvia Intxaurrondo, Marta Flich y Gonzalo Miró, principales rostros de TVE La televisión públic...